De pequeño no comprendía por qué algunas primas se alborataban cuando veían a algún primo zapatón. Ahora sí. He de confesar que es un mito de los que más pena me dio darme cuenta que era una mentira. Pero ese no era el único, lo mismo decían con la palma de la mano, el pulgar, los chatos, hasta que una vez llegó a mis oídos el rumor de que quien la tenía más grande, otorgaba más placer que los demás.
Tenía 14 años. Era un muchacho virginal que dejó de serlo al próximo año para acabar en un drama como Britney luego de la desvirginización con Justin. Sin embargo, tuve una buen rehab y me recuperé rápido, por lo que probé suerte en otros cuerpos, pues no solo de pan vive el hombre. Como era de esperarse, no tardé mucho en percatarme que había sido engañado por enésima vez.
El hombre que la tiene más grande no da mayor placer. Eso está fielmente comprobado no solo por moi, sino por varias personas que en pleno acto sexual se han dado cuenta que su "macho" solo la tiene de adorno, pues no se sabe mover. Esto, chicas, pasivos, lecas, lecos, versatiles, etc, sucede porque muchas veces los que tienen una pieza de tamaño large creen que por poseerla no tienen que hacer ningún trabajo. Cuando las cosas no son así, el trabajo es mutuo, al igual que el placer.
Por ello puedo decir, según mi corta experiencia, que la única verdad es que más que el tamaño, lo importante es saber cómo moverse. Sí, porque si tu acompañante la tiene normal o tu también, lo mejor que puedes hacer es movimientos aleatorios a diversos ritmos, así como las poses, y listo: satisfacción asegurada.
martes, 10 de agosto de 2010
lunes, 9 de agosto de 2010
Ellos y yo
No sé cuándo aprendí a leer. Mi hermana me contó una vez que de chibolito, cada noche, ella cogía un cuento de una colección que mi viejo había comprado, y me lo eía una y otra vez, hasta que un día yo cogí uno de esos y me puse a recitarlo. No sé si fue mi primera lectura o es que me lo había aprendido de paporreta, el punto es que "sabía hacerlo". Tenía 3 años cumplidos, y mis pobres viejos pensaron que de adolescente sería una especie de Rimbaud debido a mi creatividad y me afición a los libros. Qué fea alucinada la que se metieron conmigo.
Con el tiempo crecí, sus sueños se fueron al tacho, pero mi gusto por ellos no. Tengo una biblioteca repleta de obras vanguardistas, de terror, de suspenso, así como un sinnúmero de novelas clásicas de todas las épocas. Desde La Iliada hasta Orgullo y Prejuicio, que por cierto es una de mis favoritas. A decir verdad, casi todas las escritas Jane Austen me parecen buenas. Al tratarse de una escritora inglesa, trato de conseguirlas en su lengua materna. Me parece que así se disfrutan más que traducidas al español.
Cada ejemplar que leído ha puesto su granito de arena en mí. Recuerdo que el primer texto que escogí por mi propia cuenta fue "El principito". Tenía apróximadamente 8 años y luego de mi primera leída no entendí casi nada, salvo que existía un hombrecito que vivía en otro planeta que había pasado por otros y que estaba en la tierra. Tardé regular tiempo en comprender toda la gama de significados que encerraba tan lindo cuento. Pero, al final, me encantó.
Con el pasar de los años, los he elegido según se ha ido moldeado mi carácter. Es así que una época viví encantando con los de ciencia ficción, otra con los cuentos de corte realista y dramático, otra con las obras teatrales, etc. Son mi fuente de inspiración en muchas cosas que hago. Desde mis dibujos hasta algunas historias que voy creando en el camino. Son parte de mí.
domingo, 8 de agosto de 2010
Ojos que no ven, corazón que no siente
No sé qué diantres le vi, que me gustaba, por lo que salía con él. Sí, caminabamos por el malecón, hacíamos chistes, me abrazaba caletamente de tanto en tanto, yo me hacía el que no quería la cosa , y era feliz. Todo marchaba bien hasta hace poco, que fue el inicio del fin.
Resulta que mis viejos , a veces, son muy jodidos en esas cosas de otorgar permiso; no obstante, la mayoría de los casos, me surro en ellos e igual salgo, pues sé que tarde o temprano terminarán por calmarse. Por ello, tuve últimamente problemas para salir con Raf, el chico que me gustaba, porque nuestros horarios se cruzaban, y a veces tenía que hacer malabares para verlo. Cuando salíamos la pasábamos bien, salvo por una pequeña cosita: él no entendía el maldito esfuerzo que era para mí conseguir la plata para hacerlo (así no tenga permiso) con él. Muy mal.
Al principio pensé que no se daba cuenta. Claro, yo creía tener la culpa, ya que no le había dicho personalmente todo lo que significaba para mí llegar a salir con él. Entonces, lo tomé con calma. Supuse que acabaría por darse cuenta mi sacrificio, pero NO, estaba equivocado. Es por eso que las últimas citas, que empecé a notar mi malestar, él se mostró sorprendido. No es que Raf no estuviera acostumbrado a mis ataques de histeria-tan habituales en mí-, es que nunca le había dicho algo a él sobre su actitud indiferente que él percibe normal.
Ayer nos vimos luego de muchas semanas. Habíamos planeado este encuentro con días de anticipación para que me hiciera esperar, lo recibiese ebrio, y con compañía. La noche no estuvo tan mala (gracias a sus amigos), pero por la parte de él estuvo fatal. Creo que pasará un buen tiempo hasta arreglar la situación.
¿Se hacen los cojudos o son así?
No lo sé. No entiendo porque algunos hombres se comportan de una manera tan fresca y son incapaces de ver o aceptar el empeño que pone uno. Muchos dirán que les gusta mantener le perfil bajo, y que mejor acciones que palabras, pero eso no es suficiente. Es floro , y de la más barato, creer que una relación se basa solo en acciones y no en una puta muestra de comprensión o afecto. ¿Por qué? Porque es así. Como seres humanos nos gusta sentirnos mimados, nos gusta, a unos más que otros, que de vez en cuando la persona con la que sales te sorprenda con algo, te apoye, o que vea más allá de sus ojos.
No creo que todos los hombres son así (de incomprensibles). De eso estoy completamente seguro. Sería demasiado injusto de mi parte catalogar a todos de la misma manera, debido a que cada uno maneja un propio código de comunicación que vale pena conocer. Aún creo en mí, en la paz mundial, en que confucio inventó la confunción, en que de acá aunos años iré a putear a río, en que los orgasmos son buenos para el corazón ,y en que algún lugar del globo, por ahí, camina mi Rimbaud mientras canta una rola de sui generis por la playa.
miércoles, 4 de agosto de 2010
¿Cuzco pone?
Hace unos días volví de mis vacaciones por la ciudad sagrada del sol, donde cada piedra que pisas tiene historia. No obstante, grande fue mi sorpresa al ver que no todo lo brilla es oro, y que hasta la sonrisa más inocente cuesta un dólar. Porque sí, amigo, one dollar the photo, es lo que cuesta la imagen linda de la chica autóctona, su llamita y tu sonrisa para el momento Kodak.
El viaje empezó bien. Llegué en la mañana, y me recibió un día caluroso y seco. Si bien no padecí de soroche, mi piel sí sufrió. El aire frío que va de oeste a este en la ciudad no es nada recomendable, según mi parecer, a las personas con tez mixta como yo, pues la reseca. A pesar de eso, seguí de buenos ánimos y llegué al hotel. La oferta de precios es variada, al igual que la calidad que cada uno ofrece. Primero estuve en uno en el barrio de San Blas. El lugar es lindo, bohemio y tranquilo; sin embargo, si no estás acostumbrado a subir escaleras en altura, ¡no te arriesgues!
Luego, en la tarde, fui a recorrer la capital incaica. Esta posee muchas calles en un solo sentido, así como muchos pasajes por donde subir y bajar escaleras. Si viajas por primera vez, no te emociones y heches a correr, más bien ve a tu ritmo hasta que te aclimatizes. Así mismo, existe infinidad de tiendas de artesanías por donde vayas. Si deseas conseguirlas ve al mercado artesanal, es más económico y seguro allí. Si quieres comprar algo cerca a la plaza, a menos que tengas plata, no lo hagas. Los vendedores te ven cara de tourist y te cobran hasta 3 veces más su precio normal. También es importante regatear.
En la noche moría de hambre, por lo que me fui a comer a Bembos. Sí, quizá no parezca la mejor opción, pero cuando no tienes mucha plata, y tienes promociones en tickets, es lo más recomendable usarlas para economizar. Al día siguiente, fui a comer a un menú de 5 s/. en la calle Choqechaka. Puedes encontrar menús de todos los precios, desde 3.50 s/. hasta 35 s/., como también platos a la carta, según el local.
En la noche hay variedad de discotecas y bares. Mis favoritos fueron Inka Team, Los perros, Mushrooms y Mama Africa. Una vez fui a Mithology, pero no pasó nada. La música me hacía tambalear de cansancio, y al final opté por pasarme a Inka team. Los lugares son generalmente no tan grandes, repletos de turistas, tragos caros y ambiente straight. Yo me divertí lo suficiente, aunque, francamente, no satisfizo ampliamente mis expectativas.
Por otro lado, he de recalcar que el trato al turista deja mucho que desear. Sí, y lo digo sin roche. Para ejemplificarlo mejor, propondré la anécdota de una amiga con la que viajé. Sucede que cuando estaba paseando por el mercado, ella vio una chompa que le gustó y preguntó por el precio a la vendedora, a lo que esta le dijo cuál e inmediatamente le advirtió si la iba a llevar. Aquella dijo que no, que solo se encontraba observando, por lo que la otra mujer le respondió: ¿para qué pregunta, entonces, si no va a comprar? Más es el tiempo que me hace perder...
Quosco es una ciudad de contrastes. Allí se puede encontrar un sinnúmero de fusiones alucinantes, como lo andino con lo occidental, lo antiguo con lo moderno, lo conservador con lo liberal, lo tierno con lo hipócrita, etc. Así mismo, tanto esta como la región están llenas de monumentos arqueológicos muy bien conservados que valen la pena conocer. Algunos por medio de guía turística, y otros personalmente. En definitiva, es una urbe interesante, "curiosa", que merece visitarse alguna vez.
jueves, 22 de julio de 2010
miércoles, 30 de junio de 2010
Sima de esperanza
Su hermosura era cegadora; sin embargo, el sol del medio día había terminado por derretir todo ese caramelo suyo que alguna vez me endulzo. Ahora era mujer sufrida, ociosa, cansada, fastidiosa, ella. No entendía por qué seguía allí. A pesar de eso, seguía con ella, pues los árboles parecían tratar de animarme de tanto en tanto con su sombra ofrecida.
-¿Ves algo?
-No.
-Mira bien.
-Estoy cansada.
-No cierres los ojos.
-¡Te digo que estoy cansada!
-Si sigues así, nunca llegaremos.
-No sé para qué me fui contigo
-Yo sí “pero ya no estaba tan seguro de si creía estarlo”. Ya nos falta poco, Clara. Mira, allí, hay una fuente.
-Se ve seca.
-Pruébala y sabrás.
-¿Y si me pica una araña? Me habré bajado por las puras.
-Pues nunca más te acercarás.
-Solo los tontos cometen tales locuras.
-Como huir a la nada con la mujer que dices que amas sin dirección alguna.
-¡Cállate!, ¡no sé porqué me tuve que ir de la casa de mi padres! Ahora estoy en no sé dónde, contigo y sin ti, perdida, cansada.
Nunca antes me había gritado. Fue el principio del silencio. Intenté romperlo, pero fue en vano.
-¿Ves algo?
Silencio.
-Clara, responde, ¿ves algo?
Silencio.
-Está bien. Si no quieres hablar, calla. Quizá no es tu culpa, es mía. Sí, es mía. No debí mirarte esa vez. Tú tampoco, pero lo hiciste. Qué ingenuos los dos. Nunca hagas todo por amor, o ilusión, me decía mi padre. ¡Qué sabio era él! Ahora estamos aquí, con hambre, sed y, ¿desamor? No, nunca he amado. Lo sé, soy consciente de eso, pero guardaba fe de hacerlo. Ojalá tu también hubieses abrazado lo mismo que yo, pero no. Querías una aventura. Ahora la tienes, pero te quejas. No te entiendo. Creo que veo un camino más allá. Avance.
-¿Ves algo?
-No.
-Mira bien.
-Estoy cansada.
-No cierres los ojos.
-¡Te digo que estoy cansada!
-Si sigues así, nunca llegaremos.
-No sé para qué me fui contigo
-Yo sí “pero ya no estaba tan seguro de si creía estarlo”. Ya nos falta poco, Clara. Mira, allí, hay una fuente.
-Se ve seca.
-Pruébala y sabrás.
-¿Y si me pica una araña? Me habré bajado por las puras.
-Pues nunca más te acercarás.
-Solo los tontos cometen tales locuras.
-Como huir a la nada con la mujer que dices que amas sin dirección alguna.
-¡Cállate!, ¡no sé porqué me tuve que ir de la casa de mi padres! Ahora estoy en no sé dónde, contigo y sin ti, perdida, cansada.
Nunca antes me había gritado. Fue el principio del silencio. Intenté romperlo, pero fue en vano.
-¿Ves algo?
Silencio.
-Clara, responde, ¿ves algo?
Silencio.
-Está bien. Si no quieres hablar, calla. Quizá no es tu culpa, es mía. Sí, es mía. No debí mirarte esa vez. Tú tampoco, pero lo hiciste. Qué ingenuos los dos. Nunca hagas todo por amor, o ilusión, me decía mi padre. ¡Qué sabio era él! Ahora estamos aquí, con hambre, sed y, ¿desamor? No, nunca he amado. Lo sé, soy consciente de eso, pero guardaba fe de hacerlo. Ojalá tu también hubieses abrazado lo mismo que yo, pero no. Querías una aventura. Ahora la tienes, pero te quejas. No te entiendo. Creo que veo un camino más allá. Avance.
-Está bien.
miércoles, 23 de junio de 2010
Crimen en Tornado
Ellos me quitaron todo, mi dinero, mis libros, mi diario, mi alma. Me condujeron hacia algo que no era. Por eso, los odiaba. Tampoco podía hacer algo para mostrarme como soy, no era posible. Un movimiento en falso, y mi vida se acabaría. Esa era la razón por la cual había cumplido con cada una de sus órdenes, pero aquella última era demasiado. Nunca había matado una persona. Jamás había percibido el dolor que ocasiona la bala en una persona, ni había visto tanta sangre derramada. Yo no quería que fuese así. Juro que no. No tuve, siquiera, la intención de dispararle, pero tenía que hacerlo. Estaba obligado a decidir: matar o morir.
Me llevaron en un carro negro hacia el edificio “Tornado” en el centro de la ciudad. Nadie habló durante el trayecto. Ellos me miraban, mas yo no. Mi ojos se perdían observando las calles del otro lado de la luna. Pegaba mi rostro de rato en rato hacia la ventana como si así pudiese ser capaz de respirar un poco de, de humanidad. Era un día soleado, fresco, veía cómo los árboles jugaban al viento inocentes, seguros, quietos. Quise ser uno más, y no estar sentado en ese maldito asiento que me conduciría a mi propio infierno.
Una vez que llegamos me dijeron cómo lo tenía que hacer. El proceso resultaba simple: mejor. En la puerta me esperaría el recepcionista. Diría que soy su sobrino, e inmediatamente me indicaría cuál es la puerta de ascensor que debía tomar. Luego subiría, “Hipopótamo”, mi tío, me abriría la puerta que da para la sala. Ese fue el nombre escogido para la víctima, el juez que los había encerrado por más de veinte tras esas barras de metal de las que habían conseguido huir. Le saludaría cordialmente por su cumpleaños, y tomaría asiento. Después, le diría que tengo sed. Él, tan caballeroso como es, me ofrecería un trago de aquellos caros que guarda con celosía en su closet y yo le sorprendería por la espalda con “pompa de jabón”. Se desplomaría inmediatamente, y no sufriría mucho. No habría tanta hemorragia y, lo mejor de todo, no habría gritos de sufrimiento, solo un silencio puro. Al final volvería a ocultar el arma silenciadora y me subiría al carro. Era el plan perfecto.
Sin embargo, nada resulta siempre como uno quiere. Por ello, cuando le disparé, sucedió todo lo que no decía pasar. Su grito fue tan grande que por un momento pensé que las ventanas caerían. Después, sus piernas se doblegaron, sus manos se fueron directamente al pecho como intentando librarse de aquel sujeto extraño a su cuerpo, pero no podía. Los ojos se le empezaron a salir de sus órbitas, hasta que su obeso cuerpo cayó en el suelo retorciéndose de dolor.
Me llevaron en un carro negro hacia el edificio “Tornado” en el centro de la ciudad. Nadie habló durante el trayecto. Ellos me miraban, mas yo no. Mi ojos se perdían observando las calles del otro lado de la luna. Pegaba mi rostro de rato en rato hacia la ventana como si así pudiese ser capaz de respirar un poco de, de humanidad. Era un día soleado, fresco, veía cómo los árboles jugaban al viento inocentes, seguros, quietos. Quise ser uno más, y no estar sentado en ese maldito asiento que me conduciría a mi propio infierno.
Una vez que llegamos me dijeron cómo lo tenía que hacer. El proceso resultaba simple: mejor. En la puerta me esperaría el recepcionista. Diría que soy su sobrino, e inmediatamente me indicaría cuál es la puerta de ascensor que debía tomar. Luego subiría, “Hipopótamo”, mi tío, me abriría la puerta que da para la sala. Ese fue el nombre escogido para la víctima, el juez que los había encerrado por más de veinte tras esas barras de metal de las que habían conseguido huir. Le saludaría cordialmente por su cumpleaños, y tomaría asiento. Después, le diría que tengo sed. Él, tan caballeroso como es, me ofrecería un trago de aquellos caros que guarda con celosía en su closet y yo le sorprendería por la espalda con “pompa de jabón”. Se desplomaría inmediatamente, y no sufriría mucho. No habría tanta hemorragia y, lo mejor de todo, no habría gritos de sufrimiento, solo un silencio puro. Al final volvería a ocultar el arma silenciadora y me subiría al carro. Era el plan perfecto.
Sin embargo, nada resulta siempre como uno quiere. Por ello, cuando le disparé, sucedió todo lo que no decía pasar. Su grito fue tan grande que por un momento pensé que las ventanas caerían. Después, sus piernas se doblegaron, sus manos se fueron directamente al pecho como intentando librarse de aquel sujeto extraño a su cuerpo, pero no podía. Los ojos se le empezaron a salir de sus órbitas, hasta que su obeso cuerpo cayó en el suelo retorciéndose de dolor.
Ahora sé por qué morí de angustia cuando perdí la agenda, y por qué mi madre me regañaba tanto cuando perdía las cosas. Soy un estúpido despistado. Ese fue mi único error aquella vez: no activar el silenciador.
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