Luego de aquella noche, intenté conocer más mujeres. De tocas las que conocí, solo besé a una, y no me gustó, porque sus labios eran muy suaves para mi gusto y sus senos me aplastaron una manera desagradable, a pesar de que no los tenía grandes. Esto me entristecía muchísimo, pues sabía que no podía ser un muchacho normal. Mientras Diego me conversaba sobre cómo su mano se perdía debajo de la falda de una pendeja, yo imaginaba la escena con cierto asco y, claro, en silencio. Visualizaba en mi mente, la cara de éxtasis de la muchacha, pero irremediablemente, veía también el bulto crecido de mi amigo. Entonces, me detenía, y pensaba en cualquier cosa. Solo movía la cabeza y decía Sí.
En el colmo de intentar curarme, recurrí a una mejor amiga, y le dije que me gustaba. Ella estaba sentada en su mueble, y me miró con cierta sorpresa y enojo para luego decirme: ¡Qué mierda tienes, Maxi? Soy, tala, ¿te das cuenta de esto? Recuerdo que empecé a llorar. Ella no hizo nada más que mirarme; no supo cómo actuar, y no la culpo, debe haber sido una situación bastante incomoda. Aún le agradezco en mis recónditos pensamientos el no haberme botado a patas de su casa. Pensé, pues, en hacerme cura.
Claro, no sería marista, sino jesuita. Había leído que los jesuitas tienen unas bibliotecas increíbles, y que son grandes educadores. Armé mi plan de vida. Me haría clérigo, estudiaría todo lo que pueda, y luego me dedicaría a la docencia. Sin embargo, mi pene seguía creciendo noche tras noche luego de imaginarme a él. Además, ya había tirado. No era más casto, ni virgen, y para ser un buen religioso, uno debe serlo, y, por supuesto, no guardar pensamientos impuros. Decidí no convertirme porque era lo suficientemente cuerdo para saber que infringiría ciertas normas religiosas, y uno siempre debe obrar de acuerdo a lo que profesa.
Todo ello más el caos vivido en casa me hizo pedirle a mis viejos asistir con una psicoterapeuta. No tenía confianza en el de mi colegio. Natalia me recibió hermosa y cordial como siempre en su oficina. De manera rápida, empezó un tratamiento para ayudarme a controlar mi egocentrismo, mi perfeccionismo excesivo y mis manías auto-destructivas. Ella fue la primera mujer mayor que pudo oírme sin lanzarme un golpe. Desfogué muchos males, pero nunca pude decirle que era gay. Simplemente, era incapaz de hacerlo, las palabras nunca salieron de mi boca por más angustiado que esté.
Esa angustia inundo mi pensamiento hasta tornarse en un torbellino que me llevó a un círculo vicioso de sangre y purificación. Sufrí dos caídas muy graves. En mi aula, les explicaron a mis compañeros que había padecido dos intentos fallidos de suicidio y que, por favor, intentaran habalr conmigo. Desdé ahí, las cosas cambiaron. No podía ir al baño solo, ni estar solo en un aula, ni ir al tópico solo, ni pasear por el patio solo. Tenía que estar acompañado todo el tiempo que permaneciese en el colegio para no cometer una locura que me haga daño a mí, o que impacte a los alumnos.
Cuando acabé el colegio, ingresé a la UPC. Allí conocí a Diana, la primera chica a la que le confesaría entre lágrimas mi homosexualidad. Ella, con una indiscreta sonrisa y tranquilidad, me dijo que ya lo sabía, y me abrazó. Lloré un poco más, y luego nos fuimos por una Bembos para celebrar mi liberación. Aquella dicha no duró mucho, pues empecé a tener serias dudas sobre lo que que quería hacer, y dónde quería estar de acá a unos años. Me gustaba actuar, había mentido bien una buena parte de mi vida. Le propuse la idea de estudiar Actuación a mis viejos, pero todo salió mal
Gané su desconfianza y rencor, pues quería ser "actor", como si eso fuese una profesión. Me dijeron que si fallaba, tendría que trabajar o me botaban de la casa; que estaba loco, y que los había decepcionado por no sé qué vez. En realidad, me dijeron cosas horribles, que mi memoria ya no quiere recordar. Me enfermé. Saber que uno no cuenta con el apoyo de sus papás para crecer, aun cuando estos tienen los medios para hacerlo, es muy triste. Se siente jodidamente mal. Decidí, en el trascurso de los meses que sucedieron, que estudiaría para ser libre, para salir de aquella casa que me atrapaba, pero el costo sería grande: callar, no dejar hablar nunca lo que ocurre adentro de la piel.
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jueves, 19 de abril de 2012
domingo, 15 de enero de 2012
No eres tú, o el mundo, soy yo. V
De nuevo vuelvo aquí, y siento que las cosas no van a ir bien hasta que aprenda a convivir con mi mamá. Ella y yo somos muy similares, y muy diferentes también. Hoy quería salir un rato. Entré a ducharme y, cuando salí del baño, la oí gritarme histérica sin siquiera preguntarme por qué me había arreglado. Me quitó absolutamente todas las putas ganas de salir que tenía. Estaba un poco inseguro, pero ella mandó al tacho mi inseguridad con su cara de mierda y su tono de voz amenazante cuando yo no había dicho ni una palabra.
Se supone que ya debería estar acostumbrado al carácter de ella, pero no lo estoy. Nunca he entendido, ni entenderé su manera de ver ciertas cosas. El problema no es que ella tenga una forma de pensar y yo otra, sino que ella ataca cuando cree que no estoy en lo correcto, y yo no. No me gusta pelear con mi mama, ni con nadie. Me baja todas las ganas. Cuando se pone en ese plan histérico, recuerdo por qué felizmente soy cabro. También pienso en que debo hacer algo para crecer más rápido, lo cual es estúpido, porque aún me quedan 2 años más para que casi acabe la universidad, y quizá sea lo suficientemente maduro, y decidido, como para largarme a buscármelas yo solo.
El problema es que no me gustaría irme sin quedar bien con ella, pero ella no sede. Me llega al pincho eso, porque todo la desmoraliza, igual que a mi papá. Ambos se contagian creo, y despiden esos ánimos hacia mí ya sea directa, o indirectamente. Ya sé que puedo optar por decir NO, hoy no me vas a cagar mi día, pero todo la vida no voy a estar en ese plan. No merezco estar en un hogar donde desfoguen sus frustaciones conmigo. Comprendo que lo hagan algunas veces, pero ya son viejos. Se supone que deben saber cómo manejarlo. No me parece bien que cuando yo quiera hacer algo simple como salir a tomar un trago para regresar a casa temprano me miren con cara de mierda como si fuera un irresponsable y desconsiderado del carajo si no la están pasando bien.
Si quisiera largarme de la casa, lo haría, pero no lo hago porque no soy tan estúpido como para lanzarme al abismo así no más. Soy yo el que aún es mantenido en la casa, y soy consciente de eso, pero también hago mis cosas bien. No llevo tipos a mi jato para acostarme con ellos, ni les falto el respeto, soy un buen estudiante, ni llego arrastrándome ebrio con ganas de molestar a todos. Me jode increíblemente que si me equivoco, me lo hagan saber infinitas veces. Con que me digan mi error una, dos, hasta tres veces está bien, pero no todo el rato. Para mi mala suerte, soy muy sensible, y absorbo lo que otros me dicen con facilidad. Por eso, cambio de humor rápidamente. Aún debo aprender a controlarlo.
Le comenté a un amigo y me dijo que quizá no hago nada para cambiar la situación.. La verdad, es que no me dan ganas tampoco. Intenté hacerlo cuando tenía 17, y hace un par de años antes también si obtener resultados. Comprendí que quien debe hacer las cosas para sentirse bien soy yo, no ellos o el mundo, porque esa mierda se va transformando sin que yo sepa hacia donde va, a diferencia de mí. Las cosas están hechas, solo debo ver qué camino seguir.
Mis viejos creen que apunto a un bienestar económico, igual que su hija mayor, pero esa no es mi prioridad. Básicamente por dos cosas. Primero, porque yo no tengo un hijo que criar al igual que ella, y segundo porque mi rumbo está dirigido en lograr un bienestar de vida, que puede implicarme ciertos lujos, sí, pero no es mi primacía. El dinero se trabaja, eso lo tengo claro, y me puede aportar cosas para hacerme sentir bien, pero no es mi autorrealización la que el dinero me va a conseguir, esa me la forjo yo. Soy yo el que quiere escribir el mejor cuento y tiene que idear cómo hacerlo.
Solo tengo que respirar, y descansar. Mañana será otro día. Al menos ya expelé un poco de la mierda que tengo adentro. No más por hoy.
PS: Hoy son de esos días en los cuales sí hace falta un amante a quien abrazar fuertemente con mi brazos y piernas. Quizá un poco de sexo rudo...
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