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viernes, 21 de enero de 2011

Mi princesa de Fuego II

Ella respira la libertad restringida desde su habitación. Ha perdido su brillo. Es débil. Cada día al despertar me sonríe para hacerme saber que está bien, me alegro con ella. A veces me abraza, muy suavemente. Jugamos con nuestras manos, y le susurro que está más flaquita. ¿En serio?, me dice. Sí, le digo. Ella se alegra, me gusta verla sonreír. Entonces, bajamos de la mano a desayunar.

Comemos en silencio, o entre risas. Habla poco, y cuando lo hace te fulmina con su mirada sin querer . Lleva en sus ojos la alegría oculta. Siempre sonríe, aunque al recordarse llora. A mí me duele verla así. Nunca sé cómo actuar para que no se ahogue más. Sufre adentro, yo también. Cuando eso ocurre, la abrazo, muy fuerte, y le digo que todo irá bien. Ay flaquito, flaquito, susurra entre sollozos. Yo la acompaño, pero no puedo llorar.

Luego, antes de acostarse, me dice lo mucho que me quiere. Algunos días me quedo a su lado viendo una película mientras le acaricio el pelo. Nunca nos hemos abierto el corazón, pero nos queremos. Dormir con ella es alcanzar el cielo, y ver que estás con un ser divino a tu lado. Su paz es mi consuelo. Lamentablemnte, mi consuelo no es su mejor opción.

miércoles, 16 de junio de 2010

Mi barrio

A veces confundo el gris del cielo con el de la avenida. La soledad se ve disfrazada por los diversos colores opacos de las casas. El silencio es imperante, tanto así que un cementerio puede llegar a resultar un espacio más entretenido. Por eso, no puedo comprender por qué le pusieron el nombre de una diosa tan bella a semejante lugar. Yo le hubiese puesto, sin exagerar, Averno.

Tampoco hay muchos árboles, ni flores, ni arbustos, parece un imperio de cemento. Las personas que la transitan van usualmente sólas, calladas, mirando todo y nada a a la vez. Solo quieren pasar rápido y llegar a su destino. Allí raramente se oye el cantar de los pájaros, el choque de copas de un brindis o la risa de los niños.

En medio de esta hay un almacén con una amplia cochera. Varios carros y camiones pequeños entran y salen de esta. La hora límite de ingreso es siempre precisa: 8:00 a.m. Basta que un automovil se pase un pobre minuto para que Jocho, el guardia de seguridad, vuelque toda su rabia sobre este por atreverse a levantarlo de su comodísima silla donde espera pacientemente la hora de salida. Exactamente al frente, cruzando la calle, hay un poste azul, que más que luz brinda noticias breves sobre la localidad por la increíble cantidad de anuncios pegados allí.

Mi casa se encuentra frente a este. Su fachada es sumamente contrastante. Mientras que las columnas que la rigen son de porcelana marrones, cremas y verdes sus paredes son azules y celestes. Sus ventanas son amplias, opacas, enrejadas, como una cárcel. Cuando la miras de frente, parece alzarce como un alcázar imponente, tétrico, sombrío.

Delante de esta existe solo rezagos de lo que antes fuese un bello jardín japones, un pasado más alegre. Ahora hasta la maleza se abre paso entre el pasto que yace seco. Ni los insectos se acercan allí, es muerte asegurada.