miércoles, 22 de febrero de 2017

No todos pueden ser putos


La capté hoy. Sí, recién.

No, no tiene que ver con una cuestión moral. Lejos. Lejos mal.

Sí, hoy capté que no puedo ser puto, porque me hastía de manera alucinante la transacción. No soporto coordinar con un extraño un polvo a una determinada hora en un punto sin tener la certeza final del encuentro. Me jode de sobremanera contestar el celular, escuchar una voz extraña mencionando mi nombre de batalla y reconocer que debo hacer un 'business'. Y no, tampoco creo que se solucione con un pimp, porque va más allá.

Tiene que ver con la 'relación' que se construye entre ambos, puto y cliente. Tiene que ver con el lenguaje empleado. Tiene que ver con la creación de expectativas implícitas en un diálogo no formulado. Y es que no soporto tener que repetir un mismo speech. No soporto que se asuman condiciones previas a un diálogo cuando a veces quiero saltar de temas, o callarme o hablar de más. No soporto que me digan cuándo hablar.

Tampoco aguanto las preguntas estúpidas. Me jode de sobremanera que me pregunten una y otra y otra vez si soy caleta. Me molesta que me pregunten por cómo me se ve mi cuerpo o cuánto peso si ya tienen una puta foto y una descripción para leer. Me saca de quicio tener que adivinar ubicaciones de telos o sugerir points para ir a tirar donde no pidan DNI a los dos porque 'son casados/caletas/con hijos/masc/los pueden cagar/etc.'. Me llega a la próstata los silencios que surgen cuando me preguntan algo que no capto y respondo honestamente que 'no capto' o que 'me parece ilógico'.

Por último, me irrita la banalización de una relación sexual/comercial, porque no creo que por ofrecer mi pinga o mi culo tenga que aguantar tipos imbéciles o deba lanzarme a la deshumanización de mi ser. Quizá porque creo que se pude ser putamente humano o humanamente puto, pero las tentativas de clientes que me llamaron no me permitieron sentir así. No lo hicieron.


PS 1. Me jode y pasavueltea también la diferencia de oportunidades que puede existir por el tema de color de piel. Sí, quizá no se habla, pero es cierto. Existe todo un rollo racial que atraviesa el comercio sexual y marca beneficios para algunos grupos según el color de piel y la preferencia sexual en la cama.

PS 2. Se requiere muchos huevos y una serie de cualidades para ser puto. No es tan fácil de serlo como se cree.

martes, 21 de febrero de 2017

Maybe I'm a purse


So, estaba dialogando con un amigo sobre cómo las noticias y las series son una especie de Yin - Yang en nuestras vidas y cómo nos resulta imposible consumir exclusivamente unas dejando las otras de lado para poder sobrevivir al día a día sin cometer suicidio antes que anochezca, cuando me sugirió que escriba al respecto en el blog.

La verdad es que no tengo ganas de hacerlo. Me basta con decir que la fantasía es una droga muy rica y fácil de consumir y sí, todos necesitamos nuestro american dream de vez en cuando para poder 'estar' o seguir.

Como sea, esto me llevó a una iluminación, casi casi un pajazo mental de esos absurdos, pero mágicos. Me di cuenta de que mi situación actual era como la de Rachel en el primer capítulo de Friends. Sí, totalmente. Y no, no era el hecho que no uso bra (?) o que me siento algo más plástico de lo que aparento (?). De hecho, no tiene nada que ver con la cabeza de la huevona, sino la imagen.

Sí, todo era una cuestión de imagen. De hecho, era (o es todavía) un espejo de mi persona. Allí estaba ella (y yo), perdida, extraviada en el medio de Manhattan (Sagitario) con un  vestido de novia abrazando una amiga que no ve hace años y que espera le ayude, porque, ¿porque no?

Era ella. Mejor dicho. Soy ella. Soy ella en ese estúpido vestido blanco, luego de rechazar a un novio perfecto que puede ofrecerme una vida práctica y cómoda con una culo de oportunidades (inserte aquí a amigos bien ubicados en espacios empresariales y a otros agentes x que podrían ayudarme que han intentado diversas formas de desahuevarme sin éxito) con el cabello hecho un desastre (ahora ya no, porque me rape) y sin la más puta idea de cómo generar dinero, pero bonita, medio cojudo, pero atractivo, medio plástica, pero honesto. En la completa nada.

Sí, era yo. Soy yo. Y hoy de puro sádico abrí Netflix y lo confirmé. Esa mujer tonta, perdida, que depende financieramente de sus padres para poder existir, que casi nunca ha trabajado y que divaga de una manera alucinante con programas de televisión soy yo. Pero ella tiene algo que yo no. Y no es solo un buen par de tetas, sino ganas, ganas terribles de salir de esa circunstancia que le aprieta peor que el corsé del vestido de novia. Y yo mientras tanto sigo en la nada. En la completa abulia.

Y ya no sé, porque me cago de miedo de terminar en un puto café atendiendo gente que lee cosas horribles, porque sé que me dará asco servir a alguien está leyendo la columna de Mariategui en Perú21 o cualquier idiotez, porque sé que no tengo tacto ni una cantidad absurda de paciencia con extraños. Y no sé qué hacer, porque, claro, ya sé que no puedo hacer nada práctico para el sistema, pero igual debo cancelar algunas deudas o estaré más en el hoyo y todo termina siendo un caos.

Y eso. ¿Es loco que 'caos' termine en una 'o' no? Como un ciclo. Como un ciclo. Espero este sea uno.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Ira en Acción


Perder duele, duele y jode en lo profundo de nuestro orgullo como sujetos. Duele porque no creemos que sea lo correcto y jode porque el dolor ata. Sí, la frustración puede llegar a ser una mordaza terrible y poderosa que nos puede volver zombies en un sistema infectado que nos carcome por dentro. La frustración, cuando permanece alojada mucho tiempo debajo de la piel, se transforma en resignación, en miedo, en silencios asesinos, en muerte.

Quizá por eso no me permito bajonearme mucho tiempo, porque sé que el dolor ciega, sé que te puede dirigir a rumbos que no quieres, pero que te permiten vivir cómodamente sujetado. Yo, por el contrario, siempre abrazo la ira.

Abrazo la cólera, porque es mi motor; es mi fuente para indignarme frente a algo que me hincha las pelotas. La abrazo, porque sé canalizarla, porque sé que puedo transformarla en algo que efectivamente me permita una transmutación, un cambio de sentido, una reorientación sobre hacia dónde y cómo estoy dirigiéndome.

Cuando todo se oscurece, intento mover mis emociones y las vuelvo en acción. Vomito todo. Absolutamente todo, aunque termine más debilitado que antes. Y sigo. Me caigo. Y Sigo. Me vuelvo a caer. Y sigo siguiendo. Porque no queda de otra, porque en la lucha no puedes detenerte, sino pararte, aunque herido e infectado, pero pararte.

La rabia no es solo un sentimiento destructivo que debemos callar para no mostrarnos agresivos o para evitar autodestruirnos. Todo lo contrario, la cólera puede llegar a ser aquello que nos impulsa frenéticamente a buscar un cambio frente a una situación que consideramos (y sabemos) es injusta, cruel, inhumana.  Es ese enojo, canalizado en acción, lo que nos da voz frente al silencio asesino de quienes quieren censurarnos, es la voz de nuestros cuerpos frente a la represión de un sistema autoritario.

Quizás ahora, que tenemos que enfrentar decisiones corruptas; políticas segregacionistas; discursos misóginos, racistas y  homofóbicos, debemos unirnos en nuestra ira y demostrar que podemos estar amordazados, pero nunca mudos; excluidos, pero no rendidos.

martes, 8 de noviembre de 2016

Caletas Heteronormados


No lo entiendo. Me cuesta comprender o desarrollar algo de empatía con un cabro que elegiría sin asco a un homofóbico como líder. ¿Pesan más acaso la 'seguridad económica' que las actitudes abiertamente discriminadores de un sujeto que lamenta la 'conducta homosexual' o que cuestiona que los maricas y trans tengan los mismos derechos porque no son ciudadanos 'como uno', sino 'desviados morales'?

Quizá la respuesta se encuentre en el confort. Cuánto más confort tienes, más verga te vale tu entorno. El 'razonamiento' es simple. Si no eres una trava con VIH que putea para subsitir (a la que por cierto miras con algo de desprecio porque te jode que te comparen con ella cuando hablan de maricones a nivel general), ¿por qué ha de interesarte sus comentarios heteronormados?, ¿por qué te van a joder sus posturas racistas si no quieres ser parte de aquel sector marginado, si no quieres que te vean como parte de este?

Resulta alucinante para mí cómo la 'seguridad económica' ciega a los maricones hasta el punto aceptar políticas segregacionastas (y hasta asesinas) con el fin de preservar determinado estatus por el hecho de no se provinciano invasor (sino limeño), no ser negro (sino blanco), no ser pobre (sino clase B +), no tener VIH (sino estar STD free), no ser cabro/rosquete/marica (sino homosexual), no ser loca (sino caleta), no ser mujer (sino masc x 2), no ser puta (sino gente de bien).

Me resulta increíble el peso (consciente o no) que le brindamos a las 'políticas económicas' como si estas fueran la receta mágica para librarnos del 'subdesarrollo', del 'tercermundismo' que varios se lamentan. La idea absurda de que un país con estabilidad económica  modificará sus políticas sociales para el bienestar de las minorías es un puto mito. Los derechos y libertades no se piden, se arranchan (a veces, en procesos violentos por el choque de ideologías).

Pero, volvamos sobre aquellos cabros que no se sienten así. Decía que un panorama financiero estable bastaba para que estos acepten políticas asesinas. Y es que, claro, al final, ellos efectivamente no son cabros, sino tipos caletas, pastores de 'la moral y las buenas costumbres'. Son, pues, los fieles reproductores de un sistema 'que perdona el pecado, pero no el escándalo'. Son agentes de (un falso) poder, que vigila  a los otros, un fino instrumento. Son un perfeccionado mecanismo de control de lo que un homosexual sistematizado debería ser.

Afortundamente, siempre ha de existir un grupo de abortados, una banda de locas que decidió ir fuera de las cavernas del armario para no vivir en las sombras.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Leal/ad


¿Cómo demandamos lealtad si no somos honestos con nosotros mismos? ¿Con qué concha le decimos a otro que deje se culear con otros si nos cuesta pretender que solo tenemos ojos para una persona? ¿Cómo exigimos fidelidad si nos hemos traicionado?

Nos hemos educados orientados al otro, leales al otro, hasta el punto de llegar a negarnos quiénes somos, qué deseamos. Crecemos con este horrible 'axioma' social que nos empuja a darnos al otro en cuerpo y alma como un pedazo de mercancía. El principal inconveniente de esta entrega desmedida es simple: no nos permitimos alcanzar nuestra propia felicidad en desmedro del otro porque 'uno tiene que hacer sacrificios'. Ahora bien, ¿cuánto uno está dispuesto a 'sacrificar' para construir una felicidad compartida? ¿Qué tanto uno de puede negar a sí mismo para satisfacer a otro a costa de la propia felicidad?

Desde mi perspectiva, la lealtad no implica una devoción ciega al otro, menos la noción de realizar 'sacrificios' que atenten contra mi propia felicidad, contras mis deseos para no joder a otro 'y llevar la fiesta en paz'. Porque, al final, ¿se gana no siendo felices, evitando discusiones que carcomen?, ¿se puede construir una relación suprimiendo las ganas, los sueños?, ¿se consumen todas las fantasías con una paja, una sonrisa a medias y un té para dos?

Es cierto que cada pareja dibuja y re-construye sus propios modelos de fidelidad como le da la gana; sin embargo, creo que primero debemos realizar un ejercicio consciente de qué es lo queremos para nosotros, como individuos, cuánto podemos aceptar y hasta qué punto nos adaptamos. No creo que las personas 'cambien'  voluntariamente por otra. Quizá uno pueda llegar a ser manipulado, modificar algunas maneras de pensar o actitudes con el tiempo, pero no renunciar a quien se es sin más desde el comienzo para no cagarla.

De nuevo, la honestidad. Debemos aprender a ser más honestos con nosotros mismos, con el tipo de intimidad que queremos desarrollar para evitar falsos orgasmos, fantasías atrapadas en la ilusión de la hipócrita relación monogámica perfecta.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Silencio Moral


No somos honestos en el sexo. No lo somos, porque cuando quieres practicarle un fisting no sabes cómo mirarle a la cara para decirle que quieres probar algo nuevo. No lo somos, porque cuando te sale una hemorroides solo sonríes cojudamente para evitar decir no, a pesar de que el dolor te impida disfrutar como a él. No lo somos, porque cuando ella quiere una relación monogámica te da paltas si quiera sugerir la idea de un trío porque estás harta de la manera cómo están teniendo sexo. No lo somos, porque te cagas de miedo de decirle que tienes VIH a tu pareja, pero, sobre todo, a que te deje.

¿Por qué? ¿Por qué nos cuesta tanto liberarnos? Creo que la respuesta tiene que ver con  un cordón umbilical. Sí, un cordón al que estamos expuestos después de abortarnos al mundo y que se construye (querramos o no) con prejuicios, con tabúes, con una cojuda moral católica apostólica romana que nos alimenta desde la primerísima primera leche y considera que el sexo solo tiene un fin reproductivo vaciándolo de placer, llenándolo de culpa y miedos.

Un cordón atado a una madre cristiana y al que papá estado solo le interesa alimentar con sanciones para que no se atente contra la moral y las buenas costumbres, porque este es un país de bien; un país sagrado; un país creyente; un país que perdona el pecado, pero no el escándalo; un país donde juras por dios (o por la plata), pero no por tu ideales. Esa es cosa caviares libertinos.

De esta manera, crecemos castañizados... Me corrijo, mudos frente al sexo, indiferentes frente a nuestros deseos, frente a nosotros mismos. Nos volvemos monaguillos del silencio moral y callamos para no ser tan putas, para no parecer tan cabros, para no ser tan enfermos, para poder vivir. Nos convertimos en fuentes secas de placer y, a veces, hasta en inquisidores del mismo quemando todas nuestras pulsiones, aniquilando sistemáticamente todo rasgo de 'obscenidad' para hacer más leve la carga (especialmente si es entre dos).

Por suerte, algunos nos abortamos. El camino nunca es fácil. La honestidad en el sexo viene con una alta dosis de estigma, algunas gotas de sangre y un puñado de insultos. Sin embargo, se pasa mejor, se vive más y se enferma menos. Tal vez, sea cierto después de todo. Veritas vos liberabit, cabras.  

martes, 1 de noviembre de 2016

Silencio Asesino


Tenemos que hablar porque hace falta, porque los antiretrovirales no bastan (ni sobran), y porque aún hay un alto número de cabros que mueren de VIH, pero cuyos nombres quedan en el olvido junto con sus historias, porque nadie quiere retomar el horror. Nadie quiere ensuciarse. Menos que le griten sidoso.

Me molesta que en un país donde cada año se infectan más de 3000 el VIH no sea una discusión dentro de las problemáticas de las maricones y las tracas, sino que pase desapercibido "porque no todos los gays tienen VIH", "porque no todos son unas putas", "porque ahora no te mueres de eso", "porque no es el único problema y todas las demandas son válidas". Me hincha el ano el silencio cómplice de varios activistas y moralistas que deciden no apostar por visibilizar una problemática para no infectarse con ella.

Me genera repulso la actitud de "ellos se lo buscaron", porque nadie busca tener VIH y tener que cargar con un estigma y, muchas veces, con la exclusión ciudadana. Me jode la actitud tan pasiva frente a una situación que cada año se lleva a alguien cuya voz resuena en un rincón alejado de la memoria.

Me asquea el silencio cómplice de todos frente al tema, "porque todas las luchas importan". Y claro que importan, pero no te mueres si no te casas. No quedas inhabilitada para chambear si decides no casarte. No se te caen las defensas más que las pestañas postizas o las piernas débiles por tu peso si no decides decir un "sí, acepto". No mueres a los 22, 25, 33 si escoges comprometerte, pero sí por no recibir un tratamiento digno, por ser invisible.

Me revienta el glande que no se hable del sexo, el placer y el VIH como algo que puede ser compatible. Me molesta que nuestra actitud frente a nuestras prácticas sexuales y el desarrollo de nuestra intimidad sea tan en-closetada, tan forzada a estándares de sexo seguro por un grupo de personas que capitalizan qué debemos hacer con nuestros penes, chuchas y anos censurando la información que no les parece adecuada transmitir.

Tenemos que hablar, porque hoy más cabros y travas se ganarán la Tinka y otros más morirán al terminar esta noche, pero nunca conoceremos sus historias, ni su ronca risa loca.